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Un niño diagnosticado por falta de enfoque

Su madre desesperada había aprendido a no esperar mucho del pequeño con TDAH, quizá lo que el medicamento le permitía imaginar para su futuro. Pero a sus 8 años estaba a punto de convertirse en un guerrero.

Soy madre soltera desde que nació Jesús Daniel. Hemos tenido que valernos por nosotros mismos así que era muy difícil conservar la paciencia cuando llegaba en la noche de trabajar y él no había hecho la tarea, se la pasaba haciendo una cosa y dejándola así; sin recoger, sin organizar. Parecía estar en otro mundo. Yo le rogaba que me ayudara a ayudarlo pero simplemente me hacía perder la cabeza con su desobediencia.

Con un esfuerzo económico y de tiempo tremendo, logré inscribirlo en una mejor escuela en 2015 que nos quedaba a casi dos horas de distancia en transporte público, en Texcoco. Aún así, yo quería una escuela que me permitiera formarlo en hábitos de estudio y, en suma, que se estuviera quieto, debo admitir.

A Dani siempre le ha gustado que hagamos proyectos juntos y con mucho esfuerzo de mi parte, lograba que los acabáramos pero cuando entró a la Primaria ya no pude prestarle tanta atención y me dolía pensar que sus distracciones eran una forma de llamar mi atención o demandar cariño. Quiero resaltar que nunca dejo de demostrarle cuánto lo amo y que haría cualquier cosa por él. Por ello nos íbamos cada madrugada rumbo a esta escuela que prometía ser una maravilla. En ella me lo enviaron a un especialista que diagnosticó a Dani con TDAH.

A mitad de ciclo escolar, en diciembre, me dolía el bolsillo pues Dani iba mal en la escuela y que ellos supieran su diagnóstico no parecía ayudar sino que me la pasaba yendo por reportes y juntas a las que me citaban por su comportamiento. En resumen: era incapaz de centrarse en algo, conforme se le pedía.

Estaba a punto de sacarlo para, en enero, recomenzar al menos más cerca de casa, pues no veía el objeto de las desmañanadas y tanto gasto. Además que por más medicamento recetado por el especialista que yo le diera, siempre me lo calificaban de problemático.

Cuando nos presentaron a Astrid Perellón en el Colegio, me pareció una persona muy elocuente aunque con ciertos detalles raros pero inofensivos; andaba descalza por la escuela de cemento y mi hijo me dijo varias veces que en el salón también él y sus compañeritos debían estarlo.

Un día, jueves sé que era la clase de Artísticas, regresó acelerado y con $100 en la mano. Se moría por contarme en la noche que llegué que había ganado el Reto de El Último Guerrero en Pie. Me contó como pudo y luego, sumamente cansado, esa noche se fue temprano y sin dar batalla a dormir. Fui a buscar al siguiente jueves a Astrid a la salida del colegio y me relató lo que me hizo brotar lágrimas.

En el colegio le habían listado los diagnósticos de los niños y me sorprendió que ella no supiera ni siquiera el nombre de mi niño. Me explicó que desde el día 1 pidió a los niños que inventaran un nombre y una personalidad, explicándome que eso evocaba un comportamiento voluntario y distinto en los niños. Al principio no entendí mucho pues ella se refería a Jesús Daniel como Messi y me costó trabajo creer que lo que me decía era una estrategia aprobada por la escuela.

Al finalizar el día, Astrid les había plantado un billete en el suelo y diciendo que en el reto del Último Guerrero en Pie debían brincar <<de cojito>> y durar más tiempo que ella. Parecía difícil pues Astrid tenía una notable energía y vitalidad que ya había tenido oportunidad de comentar pues otras mamás la describían por llegar en mallones sport, rayando para la hora de la entrada, corriendo a la escuela, con su hija de menos de 1 año en los hombros, a quien llevaba siempre al trabajo sin temer que los niños mayores interactuaran con ella (no sé cómo permitía eso la escuela; me parece que le permitían muchas cosas pues en verdad la querían en el equipo).

La maestra Astrid me describió con lágrimas en los ojos, la voz entrecortada, que los alumnos se detuvieron de los 5 minutos en adelante, ella permaneció 12 minutos saltando ininterrumpidamente. Y, cuando se detuvo, exhausta y sudando, Dani (Messi) siguió saltando por 8 minutos más. Tras 15 minutos, mi hijo lucía rojo, sonriente, sudoroso. Astrid le pidió que se detuviera no por rendirse sino porque era necesario no fatigarse, descansar los músculos y tomar agua tibia lentamente unos minutos después de descansar el cuerpo.

Astrid lloraba y me contagió. Finalmente  me dijo, <<Messi tiene un asombroso TDAH o lo que yo llamo Trastorno de Déficit de Atención a lo Hostil>>. Dani dice desde ese día que ama las Artes y Astrid me insistió en que tiene derecho a cambiar de opinión tantas veces quiera pues es más importante que mantenga el amor hacia sí mismo, como una obra de arte. O algo así dijo, porque la Miss es muy buena con las palabras. Todavía me hace llorar contarlo.

Desde que la maestra dejó ese colegio para continuar con sus proyectos, me llevé a Daniel a una escuela más cercana. Tuvimos oportunidad de empezar de nuevo y estoy hallando modo de pasar más tiempo con él y recordarle que él puede ser quien quiera, cada vez que se imagine distinto.

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